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Érase una vez: René Houseman

Por: Theoscar Mogollón (@Theo_Mogo). 

¿Han leído sobre la leyenda del que quizás el más grande extremo del fútbol argentino, y que para muchos sólo fue superado por un tal Diego Armando Maradona? Esta es la historia de un loco que tenía una gambeta impredecible, prodigiosa, única en aquel tiempo. La historia de alguien que no veía el fútbol como un trabajo, sino como una diversión. Érase una vez: René Houseman. 

De orígenes humildes, este futbolista de piernas flacas, baja estatura y que relucía por saltar al campo con las medias invariablemente bajas, se iba a convertir en el héroe de cientos de partidos. Pero no hablo de partidos profesionales, donde se jugaba una copa (aunque llegó a ganar varias), sino de esas que se jugaban en el barrio, en canchas que parecían potreros y que tenían como premio un puñado de pesos. 

Houseman fue de esos extremos con más explosión que velocidad, un tipo que derrochaba creatividad en ambas piernas y que, sin temor alguno, siempre veía la necesidad de lastimar el arco rival. Sus años de gloria fueron con Huracán, donde hoy en día, pese a su partida, sigue estando en el altar de los hinchas del “Globo”. 

La vida de un villero 
Como tantos otros campesinos, la familia Houseman se instaló en el Bajo Belgrano, a mediados de los años 50, con la misión de ser prósperos trabajadores. Pero no todo fue color de rosas al principio. René no pasó del segundo grado y desde niño trabajó en mil y un lugares; ya fuese en una farmacia, como verdulero o carnicero. Por si fuera poco, su padre se dedicó a un trabajo que lo llevó a la demencia: el alcohol.

Si había algo que caracterizaba al chico era su fama de vago atorrante, de lo cual se sentía orgulloso. “En la villa hacía lo que quería, era el mejor lugar del mundo para mí. Era la libertad absoluta. Todo el día fuera jugando al fútbol para volver por la noche a dormir, sin tan siquiera lavarme”, confesó en una entrevista. 

Sería en 1973 cuando César Luis Menotti se toparía con ese ágil futbolista que jugaba en Defensores de Belgrano. En aquel entonces, ya tenía un título en su haber, el campeonato de la Primera C. Houseman, además de ser futbolista, también trabajaba en una fundición mecánica.

El “Loco” más grande del fútbol argentino 
Con una nueva camiseta por defender, Huracán optó por darle un apartamento a su nuevo jugador y así proveerle comodidades, pero René siempre eligió volver a la villa. Menotti, más allá de ser su entrenador, terminó convirtiéndose en una figura paternal. Houseman llegaría para hacer realidad las ideas revolucionarias de el “Flaco”: presión alta, juego corto y libertad absoluta.

Menotti fue un visionario y supo que René era el elegido para liderar su equipo. En febrero del 73, durante su debut con Huracán, Houseman firmó un maravilloso gol. Recibió una diagonal de un compañero, controló de pecho en el aire, volea de zurda cruzada y adentro. Un gesto imposible y que fue creando de a poco un efecto entre los miles de fanáticos del “Globo”.

Huracán siempre fue su hogar, anotando 109 goles en 277 partidos y obteniendo un Campeonato Metropolitano (1973). Si hay un encuentro que resalte sobre el resto fue contra Rosario Central, en donde ganaron 5-0. Allí, René anotó el tercer tanto, haciendo un juego tan excepcional que todo el estadio lo aplaudió con entusiasmo. Esos rendimientos óptimos le valieron un lugar en la selección de Argentina.

Entre cigarrillos, alcohol y escapadas 
Houseman tiene cientos de anécdotas. Para muchos pudo ser un jugador de talla mundial, pero él prefirió mantenerse entre los suyos, en la villa, donde se sentía cómodo. Siempre volvía a sus orígenes, a jugar en el barrio, donde aprendió. Previo a un encuentro, René no apareció y Menotti lo encontró en una cancha del Bajo Belgrano. El entrenador lo vio en el banco de suplentes y lo encaró: “Viejo, ¿qué estás haciendo acá?”. A lo que le respondió: “¿Y qué quiere, César? Si éste (refiriéndose al DT del equipo amateur) no me pone”.

Los excesos con el alcohol también fueron parte de su vida, por lo que tuvo que pasar tres semanas en una clínica para dejar atrás esa adicción. Es leyenda un gol que le anotó a River Plate estando borracho. “Volví borracho a las 11 de la mañana, me dormí dos horitas de siesta, salí a la cancha, metí el gol, pedí el cambio y me fui a dormir. No daba más. Perdimos 2-1”, le contó al periodista Diego Borinsky en 2002.

Más allá del alcohol, los cigarrillos también fueron parte de su vida. Sin embargo, éste quedó en un costado a causa del terror que le tenía al cáncer. “Fumaba antes de los partidos y en el descanso. Menotti no me decía nada. En aquella época fumaba Gitane, el cigarrillo más asesino que pueda existir. Sin filtro, era como un porro y te dejaba colocado”, confesó. 

La gloria de un mundial 
Con Houseman en todo su esplendor, le tocó la oportunidad de hacer de las suyas en la Copa del Mundo Alemania 1974. Pese a quedar eliminados en segunda ronda, el “Loco” dejó su huella al anotar tres tantos (ante Italia, Haití y Alemania Democrática). Contra los italianos marcó un gol de antología. Se elevó con la pierna derecha adelante para recibir un centro; con la intención de desairar a su marcador, logró flotar un instante en el aire y en ese cambio de ritmo empalmó la esférica con la izquierda, clavándola así en el arco de Dino Zoff.

Tras ese mundial, y siendo descaradamente el mejor de la albiceleste, Houseman recibió ofertas de Brasil y Europa. Pero, “¿por qué iba a marcharme de Buenos Aires, la ciudad más bonita del mundo?”. Mientras Kempes, Passarella y Maradona se iban al exterior, René se quedaba. Esa fidelidad lo impulsó a ser el ídolo del pueblo, el más querido y el más coreado en todos los estadios del país.

Cuatro años más tarde, el mundial tendría como sede Argentina. Era el escenario ideal para volver a sus andanzas. Sin embargo, los problemas fueron llegando. Con meses de preparación en un recinto totalmente aislado de sus vicios, el talento de Houseman se fue mermando. Si bien comenzó como titular los primeros encuentros, la gloria de la Copa del Mundo la alcanzó viniendo desde el banco de suplentes y jugando los últimos minutos.

El adiós del hombre-casa 
René tuvo pasos breves por River Plate, Independiente, en Chile con Colo Colo, y en Sudáfrica con AmaZulu. En el ocaso de su carrera decidió ponerse la camiseta del club de sus amores cuando era chico: Club Atlético Excursionistas. Fue en 1985 cuando se le vio por última vez en los terrenos de juego.

Si su pasión era el fútbol, sus debilidades eran Excursionistas y Huracán, los cuales siguió hasta el último momento luego de su retiro como profesional. Aún se le recuerda como un hincha más, sentado en las gradas del Tomás Adolfo Ducó, apoyando hasta después de los 90’ al “Globo”.

El corazón de René Orlando Houseman se detuvo el pasado 22 de marzo debido a un cáncer de lengua, el cual le diagnosticaron en 2017. Con él, se extinguió una cuota de alegría, se fue un ídolo mundialista, se marcharon pinceladas de gambetas que hicieron del fútbol un arte popular.

“Ojalá, algún día, el periodismo entienda que la Argentina puede ganarles a todos. Y perder con todos también. No se llama fracaso, se llama fútbol”. – René Houseman.

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