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Silenciar el canto del ave

Por: Daniel Hinojosa (@bigscaramouche). 

La escena es la siguiente: un ave rubia y un duende. No tienen nada que ver el uno con el otro, sin embargo, los conecta un lazo invisible más fuerte que el diamante. Son como un faro y su guardián. El ave es el faro que ilumina los senderos de una ciudad que viste su pabellón sagrado de verde con extrema religiosidad, mientras que el duende es el celoso guardián de ese faro. Cuenta la leyenda que hasta los hidalgos más fuertes sufren de sudoración in extremis, ansiedad compulsiva y piernas como flan de chocolate cuando saben que deben visitar el pabellón verde. Esa misma leyenda cuenta que los fantasmas de Russell, Havlicek y Auerbach hacen guardia por cada esquina del pabellón, cual próceres del apocalipsis, mientras el rival que visita el recinto no tiene escapatoria alguna.

Mira hacia el frente y encuentra cinco guerreros de turno vestidos de verde y blanco dispuestos a dejar la vida por el duende, que observa toda la acción en un trono en la colina que se ubica justo en el ecuador entre el bien y el mal. Sube la mirada y observa pendones largos, como la cola de un vestido de novia, con abundantes nombres y títulos que cuelgan imponentes. Quizá no exista miedo no verbal más grande en el deporte de la pelota naranja que el que causa visitar el templo Celtic.

Cinco mercenarios alguna vez decidieron profanar ese templo. Eran cinco tipos sin Dios ni ley que no tenían escrúpulos en su carrera por conseguir el oro de la región. Para conseguir ese oro había que profanar el templo, tarea que, por supuesto, no se antojaba fácil. Fueron años y años de intentos fallidos en los que, al final de la faena, el ave acababa cantando como de costumbre y la luz del faro seguía alumbrando para felicidad del duende y su gente.

En 1989, el más alto de los mercenarios, con el número 40 a cuestas, decidió que la única forma de llevar a cabo semejante conquista era apostando por dominar los factores externos, porque en precisión con los revólveres estaban muy parejos ambos bandos. Muchos ignoraban aquel hecho, pero el 40 y otros curiosos sabían que el duende no era simplemente un dibujo intrascendente sobre el parqué. Él sabía que cada vez que sentía las manos colmadas de crema humectante no era más que el espíritu del duende inclinando la balanza para los suyos y permitiendo que el ave rubia con el dorsal 33, una de las mejores que jamás han surcado los cielos baloncestísticos, volara a placer acrecentando su leyenda.

La mañana del 2 de mayo de 1989, Bill Laimbeer entró al pabellón de los Boston Celtics antes del partido definitivo de la primera ronda de los playoffs. Vio al duende fijamente y le soltó un escupitajo que refrendó con la suela de sus zapatos. Con el duende malherido, Laimbeer demolió a Larry Bird. Los mercenarios tomaron el oro y el ave, con un ala quebrada, debió callar. 



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