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Un preferido del fútbol

Juli Giacobbe (@JuliGiacobbe). 

Esta es la historia de un tipo innatamente plagado de simbolismo y, lo ilógico, es que casi ninguno dependió de él. Se entregó totalmente a su pasión y a fortalecer las virtudes de los otros. Construyó su vida con tanta identificación por la pelota que, cuando se quiso acordar, el romanticismo alrededor de su recuerdo lo engrandeció todavía más. No necesitó de un Mundial ni una Champions, tampoco de romper marcas de nombres impregnados de nostalgia. Solamente necesito de fútbol y el fútbol, una vez que lo conoció, recordaría siempre la necesidad de tener tipos como él.

En 1979, César Luis Menotti miró a los ojos de unos juveniles plagados de nervios y entusiasmo. Se confundían Maradona y Ramón Díaz en una multitud de ilusiones. “Entren y jueguen, nada de patadas ni locuras, diviertan a los 35 mil japoneses que están en las tribunas”, les dijo. Lo que no sabía el entrenador campeón del mundo es que esa frase podría resultar profética de quien nacería meses después: papá Aimar decidió que su hijo debía llamarse Pablo César en honor al refundador del fútbol argentino. Algo sabía. Él no iba a divertir asiáticos sino a gran parte del mundo futbolístico.

Comenzó en las inferiores de Estudiantes -de su Río Cuarto natal- y, aunque pasó las pruebas para entrenarse con River, su papá pospuso la situación hasta tanto su pibe no estuviese listo. Al final, fue Daniel Passarella el que lo convenció, no a través de la palabra sino de la pelota. En la pensión, Pablo era introvertido al máximo. Sin embargo, en la cancha, su calidad y gol lo ubicaban por sobre el resto. Y el Káiser lo sabía, por eso el apoyo del Mono Burgos, Leo Astrada, Enzo Francescoli y Hernán Díaz para con la joya fue fundamental. En un equipo recientemente campeón de Copa Libertadores, la tranquilidad de la que gozan los juveniles con miras a primera suele ser enorme. En ese contexto debutó un Aimar de 17 años y, aunque entre el ’96 y el ’97 gozó de pocas (realmente pocas) oportunidades, llegaría Ramón Díaz para contenerlo y exprimir esa capacidad de asociación brillante que tenía Pablito. Y lo bien que lo haría: en febrero del ’98, contra Rosario Central, como si él no perteneciese a ese desgaste, se alejó de un tumulto en el mediocampo y picó en ofensiva para que Salas lo asista y él defina. Fue gol, el primero, el inolvidable y contra un rival de coincidencias: sería el mismo con el que pelearía palmo a palmo su primer campeonato ganado pero también con el que jugaría 20 minutos fantásticos en su tardía vuelta en 2015. 

Como tantos otros, empezó a vitalizar su vínculo con la gente a través del seleccionado. Y lo hizo en copas juveniles donde el cordobés y sus compañeros mostraron un excelso nivel. En Malasia ’97, la Selección Argentina venció a Brasil, Inglaterra y Uruguay con un rendimiento increíble que ni Pekerman había soñado. Entre el Sudamericano Sub-20 de ese año y el del 99, Aimar jugó diez partidos y marcó seis goles, en un rendimiento espectacular que ya le otorgaba la confianza necesaria para erigirse como alternativa en su club.



Sumó oportunidades, goles y experiencia. También un tridente para una franquicia de ediciones en Youtube junto a Saviola y Juan Pablo Ángel. Le dio el bicampeonato del 2000 a su equipo y se consagró. Los 24 millones de euros con los que Valencia selló su compra como su más cara inversión hasta ese momento lo certifican. Él, que venía de las tierras de los conocidos y queridos Mario Alberto Kempes y Claudio Piojo López, iba a dar cátedra desde su capacidad. No obstante, da la sensación de que debió tener más para dar. Se le dificultó con Cúper y, luego, el equipo de Rafa Benítez era muy propio de este, muy poco del cordobés: un conjunto laborioso que se hacía fuerte sin pelota, al contragolpe. Por algo a Aimar le costó tanto entrar en su consideración. Ese conjunto che versión 2004 de los Mauricio Pellegrino, Baraja, Cañizares y Ayala fue el mejor de la historia del club. No hubo galácticos merengues ni mágicos brasileños que lo paren. Pablo Aimar necesitó de 162 partidos en un par de años para demostrar de lo que era capaz, como ganar en cancha una final de Europa frente al Olympique de Marsella. Dividió a la hinchada pero no por críticas a su desempeño sino una división por ilusión. La gente creía que su habilidad no tenía techo, que daba para más. Y él, con más asistencias que goles, se encargó de satisfacer ese pedido cada fin de semana, pero siempre con la invariable regla de enaltecer a los demás. Sin embargo, entre Ranieri y las lesiones, su salida del Valencia no tardó en llegar. 
Pasarían Zaragoza y el Johor Darul Takzim de Malasia, además del liderazgo e idolatría en Benfica, donde fue multicampeón en base a una maduración emocional y futbolística que sólo la experiencia de los años pudo darle, sumándole el trasfondo competitivo de un equipo protagonista que tanto necesitaba. La vuelta a River fue trunca, pero alcanzó para jugar un ratito en la Primera División. Las dificultades físicas no pudieron contener jamás el cariño que su fútbol desprendió. En las calles de Rosario, un tal Lionel decía ser Pablo. Y eso no sucede en vano.
Si conseguís darle una solución al compañero y que él salga en la tapa y vos ni pintes, bárbaro, jugás para el equipo. Los mejores jugadores de fútbol son los que hacen jugar bien al otro", expresó en una entrevista con El Gráfico.

No hablaba de él pero bien podría estarlo haciendo. Un tipo de convicciones e ideas claras, de sensaciones y sentimientos fortalecidos con los años. Las lesiones no le dejaron dar más, pero aún así dio demasiado y con eso lo recordamos perfecto. Pablo Aimar siempre quiso despedirse a lo grande, pero no podía ser en un amistoso de exhibición. Estudiantes de Río Cuarto lo esperaba. No podía despedirse sin competición. Y el fútbol, en formato de Copa Argentina, tampoco quería perderse la oportunidad de saludarlo una última vez.

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