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Federer y la paradoja temporal

Por: Juan Pablo Gatti (@GattiJuan). 


El tenis es, de por si, un deporte con una emotividad tremenda. Son dos personas (máximo cuatro en caso de que hablemos de un dobles) que, si bien no se cruzan de manera directa -porque los separa una red- si que lo hacen prácticamente a nivel espiritual. Y es que dentro del circuito ATP pareciera ser que cada vez que un jugador sale a la cancha para enfrentarse a Roger Federer, a este sólo le basta con mirar a los ojos a sus rivales para conocer al instante que piensan, que sienten, como van a jugar; prácticamente los desnuda antes siquiera de empezar el pleito. Y ese contacto invasivo es demasiado tanto para un Jan-Lennard Stuff como para un ilusionado Marin Cilic, quien esta semana se levantó siendo el nuevo número tres del mundo. 

Federer es un hombre que se mueve con humildad dentro el circuito, aunque interiormente se sabe superior a casi todos los mortales y entiende mejor que nadie como aprovechar esta situación. Le basta con un apretón de manos para saber si el brazo de su rival tendrá un buen día, le alcanza con una sonrisa para desarmar a sus oponentes/admiradores.

Lo han dado por terminado tantas veces que uno ya ha perdido la cuenta. Pero "el Rey" solo mira a los incrédulos y se ríe por lo bajo. ¿Qué un año no gana títulos? Pues va y gana siete al siguiente, entre ellos dos Grand Slams. ¿Qué ya esta viejo y las nuevas generaciones lo van a desterrar pronto? No hay problema, el suizo también se puede convertir en el segundo jugador más antiguo (solo por detrás de Ken Rosewall) en ganar un grande, además de ser el máximo campeón de dos de estos (Australia y Francia). 

Federer está hecho con el mismo material con el que se fabrican los famosos relojes de su país: no solo son artefactos para medir el tiempo, prácticamente son máquinas que lo resguardan para que no se escape. El que tuvo como ídolos a Boris Becker, Stefan Edberg o Pete Sampras parece una paradoja temporal: mientras más años tiene, mejor parece jugar. Su diestra sigue siendo maravillosa, aunque cada golpe que da tiene una estética inmejorable. Su cerebro incluso maneja el arte de procesar cada milímetro de la cancha para alcanzar su objetivo: si la pelota se mueve de manera precisa, él no deberá desgastarse tanto.

Decía el periodista David Sanchéz que ya sufre de nostalgía sabiendo que un día no estará más. Pero lo que le faltó mencionar que Su Majestad no se irá nunca: él también nos ha ganado la batalla psicológica a nosotros. Y por eso lo amamos. 

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