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El milagro navideño de Bernard King

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Daniel Hinojosa (@bigscaramouche)

La noche del 24 de enero de 2014, cuando Carmelo Anthony sepultó ante los Charlotte Bobcats el récord de Bernard King, registrando la mayor anotación de un jugador en la historia de los New York Knicks (62 puntos sumados a 13 rebotes), sobre el mítico recinto, el Madison Square Garden, cayó un manto de estupor y sabor a vinagreta caducada a partes iguales. El aplauso y los coros para Anthony no generaron el acostumbrado eco atronador que retumba sobre las paredes de la pista cada que una hazaña de semejante calibre se consigue. Era una dicotomía fascinante. El auditorio estaba fraccionado a partes homogéneas: quienes gritaban exultantes de alegría lo hacían enfocando cada cavidad de sus cuerdas vocales en ello, mientras quienes callaban se esforzaban en transmitir, con ayuda del silencio sepulcral intencional, un ambiente de luto y zozobra. Esa imagen, esa captura del redil sonoro del corazón de Nueva York en una noche histórica, solo sirvió como prueba fehaciente de un hecho: La alargada —y muy pesada— sombra de Bernard King es ineludible e imbatible.

Dicho trono, que algunos tachan de injustificado ante su ausencia de un anillo de campeonato y la existencia de figuras con mayor cartel como Walt Frazier o Patrick Ewing, perdura hasta nuestros días. Y su historia en la gran manzana reunió todos los elementos de una buena novela corta: efímera pero intensa. El carrete echa a rodar en 1977, cuando King es elegido, irónicamente, en la séptima posición del draft por los New Jersey Nets. Tras un muy buen año de rookie (promedió 24,2 puntos y 9,5 rebotes) pasó sin mayor repercusión por Utah y la bahía de San Francisco en los años posteriores. Para entonces, King había demostrado vistos de su calidad en la liga, sin embargo, su trascendencia no era la que su talento reclamaba, hasta que, en el verano de 1982, recaló en los Knicks de Nueva York, su Nueva York —nació y se crió en Brooklyn—, para encontrar su lugar en el mundo y dar exhibiciones, a diestra y siniestra, de lo que a la postre sería uno de los mejores anotadores en la historia de la NBA.

Para recordar el milagro navideño de Bernard King hay que situarnos en la temporada 84/85, precisamente en el día de navidad, fecha a la que King llegaba siendo el máximo anotador de la liga. El rival eran los vecinos de patio, los New Jersey Nets, y el partido era el menú principal en la televisión para aquel 25 de diciembre; los ojos de todo el país estaban posados sobre el Madison Square Garden. De antemano, Bernard sabía que aquel día tendría que amasar más balón y aumentar su producción ofensiva ante las múltiples bajas con las que los Knicks afrontaban el cotejo. Y, con toda la presión añadida que aderezaba el encuentro, King supo sortear las especulaciones previas con una declaración contundente y liberadora: “Cada partido en el Madison es como estar en navidad; este es solo un partido más”. Y se equivocaba, porque no sería un partido más.

Desde el arranque, cuando la voz del estadio, acompañada de un sonido de sintetizador ochentero, presentó al capitán de los Knicks con el dorsal 30, este se movió por la pista con una soltura pasmosa, identificando cada movimiento de la defensa rival y leyendo a la perfección el lenguaje corporal de su defensor de posición. El juego de King fluía como brisa decembrina: vigorosa e incontenible. Al final de la primera mitad, ante el simple pestañeo de su marcador, ya había firmado 40 puntos. Stan Albeck, coach de los Nets, probó rotando la defensa de King entre sus mejores hombres, pero ni Buck Williams, Michael Ray Richardson o Jeff Turner fueron capaces de detenerlo: eran piedras de río a las que el agua se les colaba por doquier. Y así, con solo esta cara de la moneda, el cuento de hadas suena como toda una entelequia. Y no lo fue, en absoluto.

Mientras Bernard King impartía un recital ofensivo, su equipo se diluía en defensa, tanto en marcación estática como en transiciones. Lo anterior desembocó en una derrota poco decorosa que empañó el milagro navideño. Michael Ray Richardson lideró a los Nets con 36 puntos, seguido de unos consistentes Mike Gminski y Buck Williams, con 27 y 16 puntos respectivamente, para llevarse la victoria por 120-114. Al final del encuentro, King abandonó el Madison Square Garden con la mirada gacha, mientras un telón lleno de aplausos cerraba la faena y le jugaba una pasada anarquista al marcador electrónico.

Aquella temporada sería recordada como la mejor en la carrera de Bernard King y, al mismo tiempo, la que condenó sus últimos años como profesional al ostracismo, pues sufrió, tras 55 partidos, una rotura del ligamento anterior cruzado de la rodilla derecha, lesión que le tuvo casi dos años como un fantasma semi-presente. Fue coronado como el líder anotador de la liga, tras promediar 32,9 puntos por partido, alcanzó sus mejores registros como jugador profesional y dejó noches, como la de navidad, memorables (la revista Sports Illustrated le dedicó un número icónico en mayo de ese año “His Royal Highness, Bernard King raises the game to a new level”). A pesar de sus esfuerzos, los Knicks no entraron en la postemporada y los campeones acabarían siendo Los Angeles Lakers del “Showtime”, encabezados por Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar. Los 60 puntos del milagro navideño de King sostuvieron el récord de más puntos en un partido disputado en el Madison Square Garden hasta que Kobe Bryant lo superara en febrero de 2009, sin embargo, siguen siendo, a sol de hoy, la mayor anotación en un partido del día de navidad. Los demás milagros de Bernard King son harina de otro costal, son historias para otro día de fogata bajo el cielo estrellado. Es lo que tienen los reyes: merecen que sus faenas sean contadas una a la vez. Un quilate de oro a la vez.

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